viernes, 7 de agosto de 2009


Foto tomada de goole

Recuerdo que esperaba a mamá en pijama  a que llegara de la plaza con la compra del día. Mamá se ausentaba cuando dormíamos y nos dejaba solos al abrigo de sábanas, pero algunos días al despertarme y llamarla y no encontrar como respuesta sus palabras y su voz, saltaba de la cama, bajaba las escaleras a toda prisa, recorría descalza las estancias de la casa, comedor, cocina, lavabo y con el impulso colmado de angustia abría la puerta de la calle y la esperaba sentada en el "tranco"*, a veces, en pleno invierno; así me lo parecía porque sentía mucho frío y tiritaba.

Esperé o me senté o pasé muchos momentos en el escondite de unas buenas escaleras en penumbra. Pasado muchísimos años, sigo buscando el consuelo recoleto de unas escaleras en los momentos de desorientación o simplemente para descansar de tantas nadas.
La oscuridad, el frío del escalón, esas posición semi fetal, todas esas sensaciones inespecíficas, pero densas, y a veces inquietantes.... Una escalera, una infancia, un útero protector y el vagar en la perdida irreconciliable.


*Así nombramos, los de casa, al escalón de la puerta.

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