Teníamos previsto una caminata nocturna. Septiembre aún nos regala Vias Lácteas veraniegas. Nos abrigamos bien porque estábamos a unos mil cien metros y las noches pueden resultar frías. Cogimos alguna mochila, agua, unas linternas, los móviles, una especie de lona para tumbarnos entre el badén del camino y los campos, a modo de sofá natural, unas buenas botas compradas en el Decathlon, son más baratas y buenas, la máquina de fotos y mucha ilusión por mi parte. Reconozco que mis acompañantes lo hacían más por mí, que soy una idealista sin solución, que por sus ganas de oscuridad y estrellas. Nos propusimos caminar el máximo de tiempo en absoluto silencio, yo tenía muchísimas ganas de sentir la noche, la oscuridad, lo desconocido. Ellos se conocen el territorio al dedillo, con los ojos cerrados y dando diez vueltas de desorientación a la gallina ciega serían capaces de volver a casa...pero llovió aquel día y los siguientes; mi noche, mi cielo constelado tendrían que esperar su momento.
Hoy, un vacío desorientado.
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