jueves, 24 de diciembre de 2009

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CARTAS  a  KATHERINE W. ( Epistolario secreto de  Pedro Salinas)


Madrid, 7 de Agosto de 1932


    ¡Sí Katherine, qué terrible, la salia de clase, ayer, yo solo!
Había un cielo maravilloso de esos cielos de Madrid, que son como la única ternura que se permite el paisaje austero. Indecisión de luces y sombras. La  misma hora en que bajamos la escalerilla,  entre el día y la noche, en ese momento que tanto me conmueve. ¿Sabes por qué? Porque es una hora en que  parece que todo  va a dejar de ser lo que es. Las formas de la naturaleza, árboles, masas, líneas,  pierden su contorno exacto, se desdibujan, se revisten  de apariencias nuevas. La noción de las distancias y de los tamaños se altera. Y todo parece estar escapando de lo que fue el día, de la obligación de ser como se es. Así, Katherine, dos seres humanos en esa hora dejaban también  de ser lo que eran, se hundían en lo indeciso de la noche, perdían la idea de las distancias, de las realidades, inventaban una realidad nueva. Los deberes del día, los nombres, los quehaceres, todo quedaba atrás, borrado, perdido como las lineas de la montaña, en la gran vaguedad  nocturna. Ya no tenían esos dos  seres nombre ni oficio, ni deberes, ni historia. Ya no estaban encerrados en sus límites infranqueables. Por esa escalerilla, en esa hora se salía del mundo de " lo todo  posible". ¡Entrada al milagro! Todo en ese momento descansa, se liberta de su jornada. Permiso para la fantasía, todo puede ser verdad. Como no se ve nada claro con la luz de fuera se encienden todas las luminarias exteriores, los grandes faros del alma. Tú sabes, mejor que yo, lo que es caminar de noche, con las propias luces. Sin ayuda, sin colaboración de la luz de fuera, siendo nosotros mismos los que nos alumbramos. ¡Qué ilusión, creerse que el mundo no es más que lo que nosotros cogemos en nuestra luz, que a derecha e izquierda no hay mundo, que vivimos de lo que alumbramos! Pero, ¿como ilusión? No, no, verdad. Vivimos de la luz que nosotros mismos echamos por delante, para que nos invite a avanzar. ¿No es así Katherine? Sí, Katherine, sí. Vive, vive de tu luz, no de la exterior. Vive de lo que tú misma iluminas con tu espléndida alma. ¡Qué gozo si yo puedo ayudarte a eso, a iluminarte con tu alma! ¡No con la mía, con la tuya! ¡Pero por miedo, por miedo tan grande, Katherine! ¡Si tú lo vieras! Miedo a que me olvides, sí, te lo digo francamente, a que me olvides. Miedo de cada día, de cada minuto. ¿Pueril,  sentimental? no lo sé, ni me importa. Pero, ¡qué terror pensar que en este instante, en esta hora, en no sé dónde, el olvido está trabajando contra mí, está deshaciéndome! Di mucho, en medio de la noche, lo pienso, a veces. Surge la pregunta angustiosa."¿Me estará olvidando ahora, ahora, en este instante?" ¡Qué sensación de morir, de morir lejos de sí mismo, de estarse muriendo lejos, mientras se sigue muriendo aquí! Es no saber si se está vivo o muerto, si arrastra uno consigo un cuerpo,  un fantasma, un alma, no lo sé. Perdona, perdona, esta carta absurda y apasionada, excesiva, tan mía. Que rompa en ti como el mar en la arena, suavemente, sin violencia, que al  llegar  a ti, tu divina naturaleza equilibrada la convierta en caricia  y no en queja.
                                                                                                                                                       
Pedro